Universidad, formación jurídica y reformismo político: los casos de José Nicolás Matienzo y Rodolfo Rivarola. 

Por MIRANDA LIDA

Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET)

Departamento de Humanidades de la Universidad de San Andrés (UDESA)

Buenos Aires, Argentina.

 

PolHis, Revista Bibliográfica Del Programa Interuniversitario De Historia Política,

Año 13, N° 25, pp. 73-99

Enero- Junio de 2020

ISSN 1853-7723

Fecha de recepción: 06/4/2020 - Fecha de aceptación: 07/7/2020

 

Resumen

Amado Alonso, director del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires durante casi dos décadas (1927-1946), es analizado en este trabajo a través de una consideración de su vida pública, tanto cultural como política, es decir, más allá de su desempeño académico o profesional en sentido estricto en los claustros universitarios. En este sentido, nos interesa pensar el modo en que participó en diferentes espacios de la sociabilidad cultural y cómo esos vínculos lo condujeron, a su vez, al compromiso político. Se destacó en ese sentido su participación en diferentes gestiones de solidaridad para con colegas universitarios que escaparon como exiliados de España una vez que estalló la guerra civil. De igual manera se vinculó a instituciones, redes intelectuales y editoriales clave del antifascismo y el antifranquismo. Se analiza esta experiencia a la luz de las particularidades del contexto universitario argentino bajo el signo del reformismo.

 

Palabras Clave

Universidad de Buenos Aires- Reforma Universitaria-Amado Alonso-Vida Pública-Política.

University, culture and politics during the first quarter of the century of reformism. A reading from the case of Amado Alonso

Abstract

Amado Alonso, director of the Institute of Philology at Buenos Aires University for almost two decades (1927-1946), is analyzed in this paper through a consideration of his public life, both cultural and political, that is, beyond his strictly academic or professional performance in university cloisters. In this sense, we are interested in the way he is involved in different realms of cultural sociability and how those links led him, in turn, to political commitment. In that sense, we will highlight his participation in different solidarity efforts with university colleagues who escaped as exiles from Spain once Civil War broke out.

Similarly, he got in touch with institutions, intellectual networks, and key editorials of anti-fascism and anti-Francoism. We study this experience through the light of the context at Argentine university under the sign of reformism.

 

Keywords

Buenos Aires University- University Reformism-Amado Alonso-Politics-Public Life.

 

UNIVERSIDAD, CULTURA Y POLÍTICA DURANTE EL PRIMER CUARTO DE SIGLO DEL REFORMISMO. UNA LECTURA A PARTIR DEL CASO DE AMADO ALONSO

Introducción

“Habíamos hecho en el Instituto un modo de trabajo único en el mundo”, diría Amado Alonso, en confianza con una de sus discípulas, poco después del proceso de desmantelamiento que se produjo en el Instituto de Filología que siguió al golpe militar de 1943-1946.[1] Era una reflexión ex post, escrita desde la Universidad de Harvard, en la que, a la luz de la distancia, volcaba su nostalgia, a la par que una importante dosis de autocomplacencia por la labor que él mismo había comandado en uno de los institutos de investigación más dinámicos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires desde su llegada a la Argentina en 1927 hasta 1946. En un juicio que ponía de relieve la excepcionalidad de la labor desarrollada no faltaba el riesgo de sobredimensionar sus logros, subrayando el carácter único de la experiencia vivida en Buenos Aires. Esa experiencia tuvo mucho que ver sin embargo con el impacto de la reforma universitaria argentina en el cuarto de siglo que transcurrió entre 1918 y 1943, el propio desarrollo cultural argentino en este período de crecimiento del mercado editorial y de las industrias culturales, el contexto global de crisis económica y de expansión de los fascismos, a la par de la guerra civil española y sus implicancias en la sociedad y la cultura argentinas, entre otros factores.

Sopesar dicha experiencia académica tanto ad intra como ad extra de la universidad permitirá proporcionar una imagen compleja de la labor desarrollada por Alonso, calibrando sus alcances. El Instituto no sólo alcanzó prestigio, sino que además contó con ingentes recursos provenientes tanto de la universidad como de otras dependencias del Estado que ayudaron a financiar sus actividades: tejió vínculos con organismos de gobierno de la así llamada “década infame”, como así también con fundaciones privadas y asociaciones, en un momento de internacionalización de la vida universitaria (Buchbinder, 2017; Buchbinder, 2019; Lida, 2019). Sólidamente posicionado en la Facultad de Filosofía y Letras, Alonso llegó a desempeñar, además, un lugar destacado en la vida cultural y pública de la Argentina durante las casi dos décadas en las que permaneció en el país, así como también alcanzaría proyección transnacional, tanto en Europa como en Estados Unidos y América Latina. Tejió vínculos con editoriales, revistas e instituciones culturales influyentes, varias de ellas vinculadas al exilio republicano español que arribó luego del estallido de la guerra civil. Español de nacimiento y luego naturalizado argentino, Alonso participó en redes de solidaridad transnacional con el exilio antifascista, lo cual refuerza la necesidad de abordar su vida más allá de los claustros bajo diferentes dimensiones, puesto que puede iluminar aspectos generales relativos a la vida cultural y política de las universidades argentinas en el cuarto de siglo que siguió a la reforma universitaria. De esta manera, se trata de una trayectoria que permite poner en diálogo la historia intelectual y la historia de la universidad, leídas ambas en clave transnacional, a la vez que es también un aporte al estudio del antifascismo, centrado en especial en las redes académicas, tanto nacionales cuanto transnacionales.

Organizamos este texto en dos secciones. En la primera presentamos el Instituto de Filología, las causas que llevaron a la llegada de Amado Alonso y sus implicancias. A continuación nos centraremos en la vida pública de Alonso bajo diferentes puntos de vista: los espacios de sociabilidad y las redes en las que participó, la solidaridad política —republicana y antifascista— a partir de 1936 y las conexiones con el mundo editorial, en especial con la casa Losada, que hicieron posibles esos gestos solidarios.

 

Domeñar la ciudad babélica. Claves para entender la llegada de la filología a la Argentina

            El Instituto de Filología fue inaugurado 1923 bajo el impulso que le diera el decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Ricardo Rojas, quien convocó desde el año anterior a Ramón Menéndez Pidal, director del Centro de Estudios Históricos de Madrid y principal especialista español en la disciplina para que garantizara su calidad académica. Bajo el halo del reformismo universitario, Rojas alentó la puesta en marcha de institutos de investigación y con ese fin tendió lazos con Madrid, cuyo centro de investigación contaba con contactos fluidos con diversas universidades norteamericanas en las que se estaban consolidando los estudios hispanoamericanos (Degiovanni, 2018). Américo Castro fue designado su primer director; luego de varias idas y venidas, le sucedió Amado Alonso en 1927, joven investigador del centro madrileño. Dado el sesgo hispanoamericanista que Rojas, autor de la monumental Historia de la literatura argentina, le imprimió a su producción literaria, no ha de extrañar que impulsara que el nuevo Instituto estudiara el habla popular hispanoamericana, en especial, rioplatense, temática que ingresó a su agenda desde su fundación, en consenso con el centro madrileño, puesto que Menéndez Pidal permaneció vinculado durante décadas a la gestión del instituto porteño. Ello no impidió que los sucesivos directores tomaran sus propias decisiones acerca de la agenda de investigación. Sin embargo, la cuestión del nacionalismo lingüístico conservó un importante lugar en el Instituto, que participó en debates públicos en torno del “idioma de los argentinos”, un tópico que creció en un momento de expansión del nacionalismo (Bordelois y Di Tullio, 2002; Lida, 2012).

La lengua, se sabe, constituyó en Europa desde la segunda mitad del siglo XIX un rasgo decisivo para pensar y definir el concepto de nación, en tanto que podía ser considerada un factor cohesionador a través del cual reforzar la pertenencia a una determinada “comunidad imaginaria” (junto con los valores patrióticos transmitidos a través de la escuela, el himno, la bandera, la religión y la enseñanza de la historia patria) (Anderson, 1993; Benes, 2008). Este contexto explica el auge de la filología en tanto que disciplina científica, puesto que ella asumió la tarea de ayudar a canonizar usos lingüísticos juzgados correctos, así como también reforzar la identidad nacional, a la par que avanzaban los procesos de nation building. Al tratarse de una disciplina que contaba con los mecanismos de consagración proporcionados por la investigación científica en sede universitaria, podía ofrecer interpretaciones fundadas del modo en que se construía históricamente cada lengua, así como intervenir en las políticas educativas, la fijación y establecimiento de un canon literario nacional, un asunto que en la Argentina se vio sacudido cuando en 1913 Leopoldo Lugones consagró el Martín Fierro como principal exponente de la literatura argentina (Degiovanni, 2007; Bentivegna, 2017). Se sabe que el debate sobre la cuestión de la lengua se intensificó por el proceso inmigratorio, que llevó a la incorporación de términos de origen extranjero adoptados al español rioplatense a través del cocoliche, o bien por la difusión de usos corrientes en el habla popular que se plasmaron en el lunfardo que solía asociarse a la jerga marginal de las grandes ciudades, con vasos comunicantes con el mundo del delito y amplia difusión a través del tango y la cultura popular urbana (Caimari, 2016). A medida que se hizo evidente el vínculo entre modernidad urbana, cultura popular y transformaciones en la lengua quedó en claro que el debate de la “lengua nacional argentina” no se podía circunscribir a la gauchesca, sino que era necesario incorporar las transformaciones al habla introducidas por la inmigración de masas.

En este contexto, se esperaba que la filología ayudara a fijar criterios lingüísticos apropiados para un país de inmigración que, además, había dado muestras de insubordinación hacia la autoridad pretendida por la Real Academia Española. Recordemos las Cartas de un porteño de Juan María Gutiérrez, que datan de 1875, donde se polemizaba en torno del idioma y se ponía en cuestión el papel rector que pretendía jugar la Real Academia Española. Este debate se continuó en el siglo XX a través del impacto de la obra del filólogo francés Lucien Abeille, Idioma nacional de los argentinos, quien formuló la hipótesis de que la Argentina poseía un idioma nacional propio, diferente del español peninsular. No se trataba de un dialecto ni de una serie de regionalismos que distinguían al español hablado por los argentinos, sino del hecho de que la Argentina no podría ser considerada una nación si carecía de un idioma que le fuera exclusivo. Esta idea de la reafirmación nacional a través de la lengua no encontró eco entre los principales voceros del nacionalismo de los tiempos del Centenario; Abeille incluso fue impugnado por intelectuales de fuste, entre ellos, Paul Groussac y Ernesto Quesada (Alfón, 2013; Di Tullio, 2010). Así, el Instituto de Filología nació con la expectativa de que pudiera jugar un papel relevante en un país que desde mediados del siglo XIX recibió intensas oleadas de inmigrantes que hicieron llamar la atención acerca del problema de la lengua. Fue concebido para cumplir tanto una labor científica como para oficiar de faro cultural al que consultar, por ejemplo, a la hora de la elaboración de textos escolares de enseñanza de la lengua, un tema que preocupaba a las elites intelectuales dada la existencia de dichas tradiciones filológicas vernáculas de discutible rigor científico. Américo Castro, el flamante director del nuevo instituto, no omitió impugnar la obra de Abeille en su discurso inaugural en la Universidad de Buenos Aires en 1923 (Instituto de Filología, 1923).

El arribo de los filólogos agitó el debate en torno de la lengua “argentina”. En un momento de creciente democratización y de expansión de la urbanización, el problema del idioma constituía una preocupación amplia dado que la práctica de “hablar bien”, según los cánones de lo que se esperaba como norma culta, podía facilitar oportunidades para el ascenso social de las masas recién arribadas a las ciudades (Rivera, 1992). Esto explica la amplia difusión que tuvieron en esos años los libros didácticos en los que se ponían en evidencia los barbarismos que eran frecuentes en el habla de los argentinos, cuyo propósito era alertar sobre los malos usos de la lengua en la calle, en la prensa de masas, en la incipiente radio y en los cantores de tango, etc., en suma, en el bullicio de la vida urbana (Monner Sans, 1917; Monner Sans, 1947). No faltaron asimismo columnas especializadas en las revistas ilustradas. En El Hogar y Atlántida se hizo popular la columna “La paja en el ojo ajeno”, a cargo de Francisco Ortiga Anckermann, bajo el seudónimo de “Pescatore Di Perle”, quien se encargó durante dos décadas de enseñarle al lector, en una prosa accesible, las inflexiones correctas del lenguaje y le señalaba además los barbarismos que debía evitar (Lida, 2016). Este tipo de cuestiones preocuparon también a Ricardo Rojas cuando decidió crear un instituto a cargo de expertos que pudieran intervenir con fundamentos rigurosos en la cuestión. A medida que el Instituto de Filología se consolidó —obtuvo fuentes extraordinarias de financiamiento a través de subsidios del Congreso Nacional, de la Fundación Rockefeller y de la Institución Cultural Española de Buenos Aires, la asociación comunitaria de los españoles en la Argentina que tenía por misión fortalecer los vínculos científicos y culturales entre ambos países— llegó a ocupar un puesto relevante en la filología hispánica, en especial bajo la dirección de Alonso, desplazando a Madrid del centro de la escena luego de que el triunfo de Franco en la guerra civil española llevó al desmantelamiento del centro madrileño.

Alonso fue designado por Menéndez Pidal con la intención de que permaneciera en Buenos Aires por un plazo de tres años. Los directores que lo precedieron en el cargo habían dejado cierta decepción en las autoridades de la Universidad de Buenos Aires, de ahí que presionaran para que desde Madrid enviaran a alguien dispuesto a una estancia de mediana duración (Lida, 2019). Alonso, pues, fue el único que estuvo más de un año académico en la ciudad: de hecho, permaneció casi dos decenios. Había nacido en 1896, tenía poco más de 30 años y aún no había obtenido su doctorado cuando arribó. El movimiento reformista universitario, imbuido de juvenilismo, exaltaba el rol que debían jugar los jóvenes en la regeneración de las instituciones; de ahí que una revista universitaria como Verbum —la revista de los estudiantes de Filosofía y Letras— lo recibiera con simpatías: “el señor Alonso no tiene más de treinta años, y a esa edad en que otros, incluso los mejor dotados, no acusan todavía su perfil esencial, él ya posee un nombre entre los cultores de la ciencia del lenguaje”.[2] Los salarios eran aceptables, pero algo magros, si se trataba de sostener una familia (Buchbinder, 1997); Amado Alonso, que se casó con la inglesa Joan Evans al poco tiempo de arribar a Buenos Aires, con la que tuvo cuatro hijos que nacieron en la Argentina, logró mejorar sus ingresos con horas cátedra que dictaba en la Universidad Nacional de La Plata, el Instituto Nacional del Profesorado Secundario y, más tarde, en el Colegio Libre de Estudios Superiores. También Pedro Henríquez Ureña, que se integró al Instituto de Filología junto con Alonso, alternó clases entre Buenos Aires y La Plata. Si por su parte el mexicano Alfonso Reyes, arribado en 1927, meses antes que Alonso, podía vivir de manera más acomodada, era porque poseía un cargo diplomático en la embajada de su país. En la sede consular, Reyes celebraría habituales tertulias que le sirvieron a Alonso — se habían conocido en Madrid años atrás— como aprendizaje para iniciar su tránsito por la sociabilidad cultural porteña. Muchos de los asistentes a las tertulias de Reyes terminarían confluyendo en la revista Sur de Victoria Ocampo, fundada en 1931 (Venier, ed., 2008). Victoria, de hecho, se llevó una muy buena impresión de Alonso: le escribió (en francés, como solía hacer) que “Je vous trouve beaucoup plus coulant que la plupart de vos compatriotes”.[3]

Amado Alonso circuló más allá de la cátedra y los claustros universitarios; se incorporó a banquetes y tertulias propias de la sociabilidad cultural de la época, colaboró con revistas y páginas culturales en los grandes diarios, donde cultivó amistades literarias. En este sentido, desoyó el consejo que en un primer momento le diera Américo Castro, el primer director del Instituto, quien le escribió sugiriéndole que no se apartara del trabajo de investigación y que evitara toda aspiración a volverse socialmente influyente en la escena argentina:

Mucho me alegraría que le quedara tiempo para hacer algo científico. Ahí gustan de publicar muchos libros. Ya sabe. Los paren sin dolor, pero salen volúmenes. No quisiera que dijeran que U. pasó por ahí dando cátedra y ganando unos pesos… No se emperre en tener colaboradores. En último término, tenga sólo los necesarios para cubrir el expediente.[4]

Castro pretendió ejercer autoridad sobre Alonso, orientándolo hacia la investigación, algo en lo que sin duda coincidiría también Menéndez Pidal, de allí que Alonso le prometiera a este último que “en Buenos Aires, no quiero conquistar extrauniversitarios. Vida retirada[5]. No obstante, a lo largo de sus dos décadas de permanencia en la Argentina Alonso estuvo lejos de llevar una vida retirada; por el contrario, su actividad extrauniversitaria fue tanto o más intensa que la desarrollada en los claustros, ya fuere por su participación en diferentes espacios de sociabilidad como por sus intervenciones de contenido político.

 

Vida social, cultural y política de Amado Alonso en la Argentina

En 1932, Alonso publicó su primer artículo de fondo en la revista Sur, en el que volvía sobre el tema del idioma de los argentinos.[6] Con el correr del tiempo, los vínculos con Victoria Ocampo se volvieron casi cotidianos, tanto es así que el Instituto de Filología funcionó por una temporada en una casa cedida por ella en el centro de Buenos Aires, exactamente a la vuelta de las oficinas de Sur, al menos hasta mediados de 1942. Asimismo, era lugar común que Alonso y Henríquez Ureña compartieran tiempo libre, veladas y tertulias, con distintas figuras del grupo Sur. Luego de la partida de Reyes, la casa de Victoria fue un importante espacio para la sociabilidad cultural donde la dueña de casa acogía a escritores que visitaban la ciudad para promocionar sus libros o participar en actividades literarias. Los encuentros entre Henríquez Ureña, Jorge Luis Borges, Arnaldo Orfila Reynal (pertenecía a los círculos universitarios platenses y más tarde sería representante del Fondo de Cultura Económica), Francisco Romero, Ocampo, y Alonso, entre otros, solían continuarse durante el verano, ya sea en Villa Ocampo (la casa de Victoria en Mar del Plata) o en Punta del Este. Recuerda la hija de Henríquez Ureña que también la casa de su padre era muy frecuentada:

Mis padres recibían con mucha frecuencia y como en ese momento Buenos Aires era visitada por multitud de intelectuales de todas partes, muchos fueron invitados a nuestra casa.… En el verano de 1943 fuimos a Miramar los consabidos tres meses de vacaciones, aunque mi padre vino escasamente quince días. Otros quince los pasó en la casa de Victoria Ocampo en Mar del Plata, como otras veces. (Henríquez Ureña de Hlito, 1994: 145-148).

Sin embargo, ni Alonso ni Henríquez Ureña se limitaron a los espacios que les proporcionaba el círculo de Victoria. Alonso se relacionó también con las elites instaladas en las principales entidades comunitarias de los españoles en la Argentina, de allí que podamos encontrarlo en 1929 dictando conferencias en la Asociación Patriótica Española, tradicional institución donde habló acompañado por las autoridades de la casa.[7] Sus vínculos con las instituciones españolas se vieron reforzados luego de la instalación de la Segunda República en la península en abril de 1931. Los años republicanos coincidieron con una creciente ebullición para la cultura española en la Argentina, puesto que fue una oportunidad para reforzar vínculos que se vieron facilitados tanto por la consolidación del Centro de Estudios Históricos y de la Junta de Ampliación de Estudios, en Madrid, como por las instituciones argentinas, ya fuere universitarias o culturales, interesadas en tender puentes con la novel república. La visita a Buenos Aires del historiador Claudio Sánchez Albornoz en 1933, que llegó investido del cargo de Rector de la Universidad Central de Madrid (hoy, Complutense), dio cuenta de los estrechos lazos que procuraban construir las universidades de ambos países. La Institución Cultural Española de Buenos Aires jugó un papel decisivo en ello, facilitado por sus vínculos de larga data con las instituciones científicas madrileñas y, a su vez, con las universidades argentinas y los académicos españoles que trabajaban en ellas. Como fruto de estos intercambios se destaca la iniciativa de llevar adelante una exposición del libro español en Buenos Aires, con la participación de hombres de letras de la península, así como también con el aval de la Asociación Patriótica Española, la Institución Cultural Española y la Cámara Española de Comercio, por entonces presidida por Rafael Vehils, empresario catalán y buen conocedor del mercado editorial hispanoamericano (Dalla- Corte Caballero, 2013; De Riquer, 2016). La exposición contó con el apoyo del gobierno argentino.[8] Amado Alonso tuvo un rol nada irrelevante: participó en su preparación, así como también se encargó de su promoción en la prensa y se sumó al grupo de delegados españoles que estuvieron en la inauguración, junto al escritor Ramón Gómez de la Serna, el editor catalán Gustavo Gili, el escritor Enrique Díez-Canedo, el embajador español en Buenos Aires Alfonso Dánvila, distintos funcionarios argentinos, entre ellos, el presidente conservador Agustín P. Justo y el director de la Biblioteca Nacional, Ezequiel Martínez Zuviría (el escritor nacionalista y antisemita conocido como “Hugo Wast”). Una vez concluida la exposición, Alonso publicó un artículo en la prensa.[9]

Eso lo llevó a pensarse a sí mismo como un engranaje que podría facilitar vínculos culturales entre Argentina y España. Dado su conocimiento de los usos locales (en especial, idiomáticos, gracias a su preocupación por el habla rioplatense), Alonso aspiraba a servir como una suerte de articulador cultural que podría ayudar a tender diálogos y a hacer comprensibles las plumas argentinas y latinoamericanas a las españolas, y viceversa. Esta posibilidad se vio reafirmada cuando en 1934 fue nombrado agregado cultural en la Embajada de España en Buenos Aires, designación por la que recibió la felicitación del presidente de la Institución Cultural Española de Buenos Aires, Luis Méndez Calzada. Hizo suya la tarea de alentar la promoción de la cultura y la ciencia españolas en la Argentina, de tal modo que su papel de articulador cultural no fue sólo simbólico. Ahora bien, fue una experiencia breve. Cuando se produjo el estallido de la guerra civil española, debió dejar su cargo en la embajada: “viene Amado Alonso, llorando, a decirme que tiene que renunciar a su cargo en la embajada de España y hacerse argentino para conservar su cargo en la facultad de Filología [sic] de Buenos Aires”, escribió en su diario su amigo Alfonso Reyes que se encontraba entonces en una nueva estadía diplomática en Buenos Aires (Reyes, 2012, p. 64). En efecto, el gobierno argentino no permitió a partir de 1936 que los extranjeros ocuparan cátedras universitarias. Alonso se nacionalizó argentino, por lo cual debió resignar el puesto en la embajada de su país natal, pero sin por ello desvincularse de los problemas de la coyuntura. Fue entonces que su vida pública, que hasta allí había transcurrido en la arena académica, literaria y cultural, se politizó sin más. La guerra de España impactó en su vida pública y privada, sin dejar al margen su vida académica. Se trata de una guerra que, como se sabe, tuvo enorme impacto en la Argentina en muchos sentidos: por su influencia sobre el debate y el clima de ideas; las redes de ayuda que se activaron en solidaridad; el compromiso político de los voluntarios; la propaganda; las relaciones diplomáticas y políticas; la respuesta de las asociaciones comunitarias españolas, entre otros aspectos (Devoto y Villares, 2012; Schwarstein, 2001; Romero, 2014; López Sánchez, 2013). En el ámbito científico y universitario el proceso se conoce menos, si bien se sabe que la Argentina tuvo un papel menor que otros países (v.g., México) en la recepción brindada a los republicanos (Alted y Domergue, 2003; Díaz R. Labajo, 2016; García Camarero, 1976; Pagni, 2011; Lida, C., 1997).

Ahora bien, Alonso y Henríquez Ureña formaron parte activa de una de las principales iniciativas desarrolladas en sede universitaria en la Argentina para canalizar la labor solidaria para con los intelectuales y científicos españoles que comenzaron a exiliarse con la guerra civil: la “Junta Argentina para la Ayuda de los Universitarios Españoles” (JAAUE). En abril de 1937, la intelectual dominicana establecida en Cuba Camila Henríquez Ureña —hermana de Pedro— redactaba una carta en nombre de la Institución Hispano Cubana de Cultura dirigida a Alonso con la propuesta de conformar una red de solidaridad continental para con los intelectuales españoles que habían quedado a la deriva con la guerra a fin de ofrecerles una trama de asociaciones solidarias, desde Nueva York hasta Buenos Aires.[10] La idea no cayó en saco roto. Apenas recibida la carta, Alonso se dirigió con la propuesta a la Institución Cultural Española de Buenos Aires que, semanas después, tomó la decisión de encarar la acción solidaria. A continuación, remitió a un nutrido número de intelectuales argentinos una carta expresando su preocupación por los universitarios españoles —muchos de los que quedaron a la deriva habían tenido años atrás estrechos vínculos con la Cultural, como es el caso de Menéndez Pidal— motivo por el cual convocaron a una reunión que se celebró el 28 de mayo en el selecto Jockey Club de Buenos Aires. Además de Henríquez Ureña y Amado Alonso, participaron Emilio Ravignani, Victoria Ocampo, Alberto Gerchunoff, Juan B. Terán, Elena Sansinena de Elizalde, Bernardo Houssay, Coriolano Alberini, Francisco Romero, Avelino Gutiérrez y Rafael Vehils, entre otros.[11] Tuvo así nacimiento la JAAUE, que funcionó activamente entre 1937 y 1938 y se ocupó de gestionar ayuda a los académicos que se refugiaron en la Casa de España en París (Lida, 2019b). La JAAUE estuvo presidida por el médico Bernardo Houssay, un nombre de prestigio en la ciencia argentina que además contaba con contactos internacionales a través de la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, que presidía; su vicepresidente fue el filósofo de origen español Francisco Romero, y Amado Alonso se encargó de la redacción del acta de fundación.[12] Era una tarea ciclópea dado que la coyuntura no era nada receptiva a la apertura política a intelectuales que podían pasar por “rojos” para los gobiernos conservadores de la década de 1930; pese a ello, ICEBA y la Junta no vieron obstaculizadas sus gestiones.

Alonso colaboró en las decisiones que se tomaron en apoyo de los exiliados que llegaron a la Argentina (los casos más destacados fueron los del historiador Claudio Sánchez Albornoz y del médico Pío del Río Hortega) e incluso se comprometió a hacer gestiones para facilitarles su arribo al país e instalación en alguna universidad argentina. Por ejemplo, puede mencionarse su colaboración con el filólogo catalán Joan Corominas, a quien Alonso alentó a trabajar en Mendoza e incluso ayudó con diversas gestiones —cada exiliado demandaba cartas de recomendación y papeleos—. Recomendado por Menéndez Pidal, a Corominas se le hizo llegar una oferta. Alonso se apresuró a escribirle:

Me dice el Dr. Ricardo Rojas que de la Universidad de Cuyo han enviado un telegrama para usted a Don Ramón Menéndez Pidal… que dice lo siguiente: «Hay… solamente una cátedra de lengua y otra de literatura españolas. Sueldo $600, puesto que se le ofrece con tal de que no profese ideas extremistas». Tiene usted que contestar aceptando… Ya habían desistido de traerlo a usted, pues el Gobierno no quiere extranjeros, especialmente ni judíos ni españoles, pero la carta de Don Ramón ha cambiado las cosas.[13]

Las restricciones, como se ve, eran fuertes, basadas en razones ideológicas y políticas, e incluso en flagrantes actos de discriminación; no obstante, algunos de estos obstáculos se podían remover con contactos e influencia. A partir del golpe militar de 1930, hubo crecientes restricciones para profesores universitarios de marcada adscripción política en la izquierda como fue el caso, en el propio Instituto de Filología, de Ángel Rosenblat, uno de los discípulos más preciados de Alonso, que fue destituido de su cargo de joven investigador y terminaría en el exilio. Corominas aceptó, viajó a la Argentina, ocupó las cátedras prometidas entre 1940 y 1944 y logró establecer en Mendoza el Instituto de Lingüística de su Universidad Nacional para el que contó con la colaboración de Alonso desde Buenos Aires y del rector local, Edmundo Correas, quien a la par entabló gestiones con Rafael Vehils para llevar a la misma universidad a Claudio Sánchez Albornoz (Correas, 1997, 78-81; Lida, 2020).

Además de participar en la ICEBA y la Junta de Ayuda, Alonso colaboró a través de la embajada de España en Buenos Aires, otro lugar desde el que tuvo la oportunidad de ser solidario. Quizás uno de sus gestos más comprometidos tuvo lugar con el poeta Dámaso Alonso, con quien había compartido sus años juveniles en Madrid. Desde 1936, Dámaso estuvo a punto de dejar España para emigrar sea a Buenos Aires, México o los Estados Unidos. Amado movió contactos para procurarle ayuda. El deseo de Dámaso de irse de España está documentado desde febrero de 1936, cuando se celebraron las elecciones que le darían el triunfo al Frente Popular: “te quiero preguntar si crees que en Sudamérica puede haber alguna oportunidad para mí”, le inquirió.[14] La salida más apropiada que veía era la Argentina. Meses después, cuando estalló la guerra, exploró también posibilidades para un exilio en el México de Lázaro Cárdenas. Cada una de estas alternativas implicó una seguidilla de cartas con personas que podrían abrirle puertas: Reyes, por un lado, y Amado, por el otro, fueron sus principales interlocutores. Desde Buenos Aires, Amado hizo distintas gestiones: le propuso la posibilidad de dar cursillos en la Universidad de Buenos Aires y consiguió, a través de sus contactos en la Universidad de Tucumán, que le hicieran llegar una propuesta para desempeñar tres cátedras.[15] (En esos mismos años fueron a Tucumán los españoles Manuel García Morente y Lorenzo Luzuriaga, “por confianza en mí”, le explicará Amado Alonso a Menéndez Pidal. También el filólogo italiano Benvenuto Terracini fue apoyado por Alonso, que entabló gestiones ante la Fundación Rockefeller para que se lo asistiera).[16] Pero la invitación a Tucumán para Dámaso tardó en llegar: luego del bombardeo de Almería por los nazis en mayo de 1937, los republicanos estaban cada vez más obstaculizados en sus movimientos. Por su parte, Jiménez de Asúa, encargado de negocios de la República española en Buenos Aires, temió que Dámaso tuviera intenciones de no regresar a España y le denegó la autorización diplomática. Ante esta situación, Dámaso y Amado no vacilaron en apelar a las redes de solidaridad transnacionales. Amado solicitó ayuda a México, pero Dámaso no se mostró entusiasta con esa salida; pidieron igualmente auxilio a Pedro Salinas, exiliado en Estados Unidos. No menos importante fue la preocupación del historiador e hispanista Marcel Bataillon, quien procuró conseguirle una invitación desde París, pero las instituciones académicas francesas mantuvieron una posición oficial de neutralidad durante la guerra de España que bloqueaba cualquier acuerdo. Así, Dámaso permaneció en la España republicana; acompañó al gobierno cuando se refugió en Valencia, colaboró con el Ministerio de Cultura y Educación y participó de la mudanza desde Madrid del Centro de Estudios Históricos, con la esperanza de conservarlo en actividad, aunque en condiciones paupérrimas, dadas las carencias de guerra. Además de alimentos, escaseaban los libros: ya casi no se editaban en España y a duras penas llegaban de otros centros editores como Buenos Aires.

Fracasadas las gestiones ya sea por razones políticas o diplomáticas, o quizás también por las propias vacilaciones de Dámaso, Amado no se desentendió de su situación. Desde mediados de 1937 le remitió a través de la embajada un paquete mensual de alimentos. No siempre llegaba a buen puerto, pero cuando finalmente lo hacía, era motivo de festejo: “ayer fue día de gran júbilo en esta casa porque nos llegó tu espléndido paquete que ya llorábamos perdido”.[17] Desde Estados Unidos el poeta español Pedro Salinas tuvo un gesto similar. Tanto Salinas como Amado Alonso, a su vez, colaboraron con el envío regular de dinero a través del American Friends Service Council, comité solidario organizado en Londres por los cuáqueros para canalizar la ayuda con los refugiados (Mendlesohn, 2002).[18] Para el American Friends Service Council, sus principales contactos en la Argentina fueron Amado Alonso y Rafael Vehils.[19] Por estos años, Alonso dictó cursos en el Colegio Libre de Estudios Superiores, institución clave del antifascismo en la Argentina (Pasolini, 2013; Neiburg, 1998; Bisso, 2005 y 2016). Su viraje antifascista no pasó inadvertido para Carlos Ibarguren, por entonces a cargo de la Comisión Nacional de Cultura —entidad oficial que sirvió de precedente al Ministerio de Cultura dentro del gobierno nacional—, con quien tuvo un fuerte encontronazo cuando Alonso decidió hacer pública su carta de renuncia a la comisión evaluadora de becas de la entidad oficial, a tal punto Ibarguren acusó a Alonso de “extranjero”, para disuadirlo de actuar en política. Alonso, que se había naturalizado argentino, como se indicó, le respondió con determinación:

Soy argentino por fuera y por dentro, según la ley y según mis sentimientos. Las patrias de América están compuestas de ciudadanos indígenas y de europeos que han venido a radicarse, de sus hijos y de sus descendientes. Yo y mis hijos estamos en las mismas condiciones que usted y sus padres. Nací en otro país y desde hace 16 años vivo en la Argentina donde he fundado mi familia […] Otros argentinos hay y ha habido en mis mismas condiciones […] le recordaré a Paul Groussac.

El encontronazo alcanzó visibilidad en el mundillo literario: “¡Si viera usted cuántas muestras de aprobación estoy recibiendo de distinguidos argentinos nativos!”, remató.[20] La polémica se inscribe en un contexto de polarización del campo cultural a continuación de la guerra civil española, que está ampliamente estudiada.

En este contexto, otra vía para la solidaridad con los republicanos se dio a través de las ofertas para que colaboraran en editoriales y revistas de Buenos Aires que podían pagar bien las colaboraciones. En este sentido, Amado le facilitó a Dámaso el contacto con Victoria Ocampo para que realizara traducciones, entre ellas, de Ernest Hemingway para Sur, que también se comprometió ampliamente con la solidaridad antifascista, en especial, con escritores. La editorial de Gonzalo Losada también fue generosa; fue, quizás, la casa editora de Buenos Aires que más se comprometió con el exilio intelectual republicano. Para la casa Losada, la labor editorial fue inseparable del compromiso público y político. Tuvo entre sus asesores a varios exiliados republicanos, además del artista italiano, huido del fascismo, Attilio Rossi. Alonso se encontraba ocupando posiciones importantes allí: colaboró como asesor literario, editor y director de colección en Losada y fue además accionista de la editorial. Fue elocuente el gesto por el cual les propuso a Américo Castro y a Pedro Salinas —en Estados Unidos— que publicaran en Buenos Aires; también los introdujo en tratativas con otras editoriales argentinas. Así le escribía Alonso a Castro en 1937: “entablé conversaciones con Sur y se lo dije a los otros. Sur la editaba con gusto dándole a usted el 10% convenido”.[21] Publicaron en Losada desde Rafael Alberti, de conocida adscripción al comunismo, hasta otros que pertenecieron al exilio republicano pero estuvieron alejados del comunismo, como el caso del propio Salinas y también alguien como Menéndez Pidal que regresó a España luego del triunfo de Franco. A este le ofreció un contrato privilegiado: “Losada […] confirma mi proposición […] me dice por si acaso que con mucho gusto editaría el libro caso de que la [Espasa] Calpe no lo tenga ya. Y cualquier otro que U. quiera. Del tanto %, me dice que el máximo, 20, pero le ruega que no lo comente ahí [v.g., Madrid] porque Azorín y Ayala perciben el 10%”.[22] La industria editorial se hallaba en expansión en la Argentina, favorecida por el vacío provocado por la situación bélica en España, lo cual le permitió a Buenos Aires sobresalir con sus exportaciones de libros en el mercado en lengua española, tanto en América Latina como en la península ibérica: así, Losada vivió una suerte de edad de oro que coincidió, poco más, con su primera década de vida (De Diego, 2014; Larraz, 2016). La excepcional coyuntura hizo posible que desde diferentes latitudes los exiliados aspiraran a publicar en Buenos Aires, aun cuando las editoriales argentinas a veces se demoraran en la publicación, el pago de derechos, el envío de las pruebas de imprenta, etc.[23]

Alonso privilegió a los antiguos colaboradores del Centro de Estudios Históricos de Madrid, a la par que les abrió puertas a sus alumnos y asistentes del Instituto de Filología. El Instituto calzó perfectamente en el perfil editor de Losada; le confirió la posibilidad de contar con un semillero de editores capaces de prologar obras clásicas, realizar traducciones y ediciones críticas de textos, tanto antiguos como modernos. El Instituto, pues, no sólo fue un centro dinámico de producción científica especializada, sino que logró construir vínculos con la industria editorial de masas. Losada contó con una producción de calidad, con títulos, traducciones y prólogos eruditos avalados por uno de los institutos más prolíficos de la Facultad de Filosofía y Letras. Así, publicó obras de Horacio, Virgilio, Plutarco, Sófocles y Juan Ruiz en ediciones populares, con prólogos, traducciones y notas confeccionadas por investigadores del Instituto. El principal mérito de estas ediciones consistió en algo poco frecuente: fueron juzgadas buenas tanto para un lector especializado que podría leerlas con confianza en una edición barata, como para el novato que se aproximaba a ellas por primera vez.

Tan estrechos fueron los vínculos entre el Instituto de Filología, Alonso y la editorial que el Instituto optó por hacer distribuir sus propias publicaciones académicas por Losada, que le ofrecía una mejor distribución de la que tenían las ediciones universitarias. Los vínculos entre el Instituto y la editorial fueron orgánicos: “hace tiempo que nos hemos acostumbrado a ver la colección de lingüística de Losada como departamento del Instituto mismo, puesto que es rigurosamente técnica, la dirijo yo y todos los traductores somos del Instituto”. Continúa la cita: “En la Facultad […] antes casi teníamos que regalarlos; ahora se los damos a una agencia (precisamente Losada)”.[24] Así, pues, el vínculo de Alonso con Losada tuvo un doble sentido y se mantuvo vigente desde 1939 hasta mucho después de su partida en 1946: fue una casa amiga para el Instituto de Filología, donde publicar su producción científica que podría así alcanzar un mayor impacto que en cualquier editorial universitaria, como así también un lugar a través del cual expresar el compromiso político con el antifascismo; de ahí el vasto abanico de exiliados de los fascismos europeos que aparecen en su catálogo. La labor académica desbordó los claustros universitarios para derramarse sobre la cultura, la sociedad y la política en sus sentidos más amplios.

 

Conclusión

Es hora de regresar a la cita con la que abrimos este texto, en la que Alonso ponía énfasis en la excepcionalidad de la experiencia académica que supuso el Instituto de Filología bajo su dirección para preguntarnos acerca de las condiciones que lo hicieron posible, sin temor por matizar esa proclamada excepcionalidad. Es cierto que la labor del Instituto de Filología desbordó los claustros para volcarse hacia las editoriales, la política, los espacios de sociabilidad, las revistas literarias, etc. y que, además, logró internacionalizarse y obtener fuentes de financiamiento alternativas al presupuesto universitario oficial. Cabe preguntarse, sin embargo, si no tuvo rasgos en común con otros institutos (o directores de instituto) de la Universidad de Buenos Aires en aquel momento con los que, de un modo u otro, alternó en diferentes espacios. No aspiramos a extraer conclusiones decisivas sobre la universidad reformista, en especial en la década de 1930, sino tan sólo mostrar cómo a través del caso de Alonso podemos echar nueva luz a diferentes cuestiones que han sido ampliamente estudiadas en la historiografía: la construcción de institutos de investigación con sólidos vínculos transnacionales, el compromiso político en el antifascismo en sede universitaria, la difícil relación de los intelectuales con la “década infame” en general.

Si confrontamos la trayectoria de Alonso con la de Emilio Ravignani que ha estudiado Pablo Buchbinder, un Ravignani que desempeñó una intensa vida política que lo llevaría luego de 1945 a su exilio en Montevideo —además hemos podido encontrarlo como colaborador de la Junta Argentina de Ayuda a los Universitarios Españoles y otras entidades antifascistas, como Acción Argentina estudiada por Bisso—, los paralelismos son evidentes, a excepción de que Alonso (por el hecho de ser español de nacimiento) se abstuvo de pronunciarse públicamente acerca de los avatares políticos argentinos y no participó en entidades antifascistas nacionales, aunque sí transnacionales, lo cual no le impidió tener fuertes polémicas con funcionarios de los gobiernos conservadores, como hemos visto en su cruce con Carlos Ibarguren (Buchbinder, 2016). Asimismo, también compartió con el médico y más tarde premio Nobel Bernardo Houssay, una intensa colaboración en asociaciones antifascistas, colaboración que llevó a que este último fuera cesanteado de la Universidad de Buenos Aires en 1943, pero no así Alonso, que sufrió los embates del gobierno militar de todas maneras, porque permaneció a cargo del Instituto de Filología hasta 1946.

Fueron los más influyentes directores de institutos de investigación en la Universidad de Buenos Aires de la década “infame” y a pesar de que tuvieron vasos comunicantes muy estrechos con los gobiernos conservadores de la década de 1930 en un momento en que el Estado comenzó a financiar la investigación científica de manera bastante directa, ya sea a través de subsidios como el que percibió Alonso a través del congreso o a través de la ley 12338, que otorgó financiamiento estatal a la Asociación Argentina para el Progreso de las Ciencias, fundada por Houssay para crear un sistema de becas de investigación, antecedente del sistema científico nacional que en 1958 quedó plasmado en la fundación del CONICET (Hurtado, 2010; Lida, 2019), los tres pudieron participar activamente en política en frentes antifascistas y opositores hasta que el gobierno militar de 1943 los marginó, desplazó o intimidó, si bien en el caso de Alonso fue posible aún que continuara al frente del Instituto hasta 1946. Así, podemos relativizar la excepcionalidad de la trayectoria cultural y política de Alonso, dentro y fuera de la universidad argentina en la década “infame”, a través de la comparación con otras trayectorias prohijadas por la universidad reformista durante el cuarto de siglo que transcurrió entre 1918 y 1943 (Buch, 2006). Dicho de otro modo, es dable pensar que ha de haber todavía mucha tela para cortar en el estudio de las carreras científicas en este período y, en tal caso, cabe preguntarse si Alonso, Ravignani o Houssay no fueron acaso la punta de un iceberg que sugiere que quedan muchas otras historias por narrar en esta misma clave, es decir, a través de un recorrido transversal, allí donde la vida universitaria se entrelaza con la sociedad, la cultura y la política. No ha de ser casual que se trate de hijos de inmigrantes, en los casos de Houssay y Ravignani, o directamente de un migrante de primera generación como en el caso de Alonso, es decir que los tres coincidieron en pertenecer a una generación que hizo de su carrera universitaria su principal capital social. Que los tres fueran varones fue, tal vez, otro rasgo en común bastante previsible en una época en la que, si bien la matrícula femenina ya se había expandido ampliamente en el estudiantado universitario, era raro encontrar mujeres al frente de cátedras (Lorenzo, 2016) y, menos aún, de los institutos de investigación en los que los varones ejercieron muchas veces liderazgos personales casi caciquiles (Lida, 2019).

 

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[1] Carta de A. Alonso a M. R. Lida, 10.3.1947, Biblioteca Bancroft, Universidad de Berkeley, Yakov Malkiel Papers, Box 58, Folder 3. El Instituto de filología sufrió recortes de presupuesto y otros embates luego de 1943, pero Alonso de todas formas se mantuvo en su puesto hasta 1946.

[2] “Amado Alonso, nuevo director del Instituto de Filología”, Verbum, 1927, núm. 69, pp. 228-230. Acerca de la relación entre reformismo y juvenilismo, véase Tulio Halperín Donghi, Vida y muerte de la República verdadera, Buenos Aires, Ariel, 2000, cap. 5.

[3] Carta de V. Ocampo a A. Alonso, 1.8.1931, Archivo de A. Alonso, Universidad de Harvard, Box 3, Folder “Ocampo”.

[4] Carta de A. Castro a A. Alonso, 9.1.1929, Archivo de A. Alonso, Universidad de Harvard, Box 1, Folder “Castro”.

[5] Carta de A. Alonso a R. Menéndez Pidal, 29.6.1927 y otra s/f., Archivo de la Fundación R. Menéndez Pidal, epistolario con A. Alonso, carpeta 1.

[6] A. Alonso, “El problema argentino de la lengua”, Sur, 6 (otoño de 1932), pp. 124-178.

[7] “Conferencia del Dr. Amado Alonso en la A.P.E.”, Revista de la Asociación Patriótica Española, Buenos Aires, octubre de 1929, p. 32.

[8] “Primera Exposición del libro español en Buenos Aires”, Revista de la Asociación Patriótica Española, Buenos Aires, julio de 1932, p. 13.

[9] A. Alonso, “Balance de una exposición”, Boletín de la Asociación Patriótica Española, septiembre de 1933, pp. 6-8.

[10] Carta de C. Henríquez Ureña a A. Alonso, 29.4.1937, Archivo de la Junta Argentina de Ayuda para los Universitarios Españoles, Residencia de Estudiantes, Madrid, doc. 29.

[11] Carta de L. Méndez Calzada a Ricardo Levene y otros, Buenos Aires, 21.5.1937, Archivo de la Institución Cultural Española de Buenos Aires, Residencia de Estudiantes, Correspondencia enviada: carpeta 2, legajo 3, ff. 372-37.

[12] Acta de fundación de la Junta Argentina de Ayuda a los Universitarios Españoles, Buenos Aires, 9.6.1937, Archivo de Bernardo Houssay, 08-6-4261.

[13] Carta de A. Alonso a J. Corominas, Buenos Aires, 14.7.1939, en J. A. Pascual y J. I. Pérez Pascual, Epistolario Joan Coromines & Ramón Menéndez Pidal, Barcelona, Fundación Pere Coromines, 2006, p.99.

[14] Carta de D. Alonso a A. Alonso, Leipzig, 19.2.1936, Archivo de A. Alonso, Universidad de Harvard, Box 1, Folder “D. Alonso”.

[15], carta de D. Alonso a A. Alonso, Valencia, 4.6, y 3.9, s/a, Archivo de Amado Alonso, Universidad de Harvard, Box 1, Folder “D. Alonso”. Sobre Terracini, véase carta de Henry Allan Moe a David Stevens, 12.4. 1944, Archivos de la Fundación Rockefeller, Sleepy Hollow, General Correspondence RG 2 1940-1946, Uruguay, Box 272.

[16] Carta de A. Alonso a R. Menéndez Pidal, Buenos Aires, 23.2.1939, Archivo de R. Menéndez Pidal, epistolario con A. Alonso, carpeta 3.

[17] Carta de D. Alonso a A. Alonso, Valencia, 30.12.1938, Archivo de A. Alonso, Box 1, Folder “D. Alonso”.

[18] Carta de D. Alonso a A. Alonso, Valencia, 15.9.1938, Archivo de A. Alonso, Box 1, Folder “D. Alonso”.

[19] Rich, J., Placement of Refugees Intellectuals and Scholars in Latin America, mimeo, “Emergency Committee in Aid of Displaced Foreign Scholars Records”, New York Public Library, Manuscripts Records, Box 161.

[20] Carta de A. Alonso a C. Ibarguren, Buenos Aires, 14.3.1943, Archivo de C. Ibarguren, Academia Nacional de la Historia, caja 2, 19-II-740 a 742.

[21] Carta de A. Alonso a A. Castro, Buenos Aires, 19.11.1937. Archivo de A. Castro, Fundación Xavier Zubirí, 28-03-0082.

[22] Carta de A. Alonso a R. Menéndez Pidal, Buenos Aires, 14.1.1939, Archivo de R. Menéndez Pidal, epistolario con A. Alonso, carpeta 3.

[23] La correspondencia de Pedro Salinas con Jorge Guillén abunda en quejas en este sentido (Soria Olmedo (ed.), 1992).

[24] Carta de A. Alonso a R.  Menéndez Pidal, Buenos Aires, 30.11.1944, Archivo de R. Menéndez Pidal, epistolario con A. Alonso, carpeta 4.